Cuando el 24 de junio de 1935 se estrella en Medellín el avión en que viajaba Carlos Gardel, la noticia conmueve al mundo. A la difusión masiva de sus discos, se había sumado desde 1931 la gran repercusión popular de sus películas. Todo ello eclosionó en la gira que había emprendido por Latinoamérica, y que acabaría inesperadamente en Colombia, provocando convocatorias populares nunca antes registradas, y que sólo volverían a registrarse con la aparición de los Beatles.
¿Cuáles fueron las circunstancias que hicieron posible semejante fenómeno? ¿Cómo construyó este artista el tango cantado, música de fusión de definida presencia internacional? ¿Cómo el pequeño inmigrante francés logró sintetizar en la cosmopolita Buenos Aires de comienzos del siglo XX la extraordinaria oferta musical sustentada en las migraciones internacionales y nacionales que se desparramaron por las salas de espectáculos de la ciudad? ¿Cómo se lanzó a la conquista de los principales centros internacionales, y logró imponerse como uno de los grandes referentes del canto popular?

lunes, 17 de enero de 2011

UN MISTERIO DE AMOR: IVONNE




Por Julián Barsky. 20 de diciembre de 2010.

Entre los numerosos rumores sobre la vida sentimental de Carlos Gardel, uno de los más intrigantes es el vinculado con la llamada “Ivonne Guitry” o “Ivonne Paquin”.
Parte de esta pequeña leyenda se debe, seguramente, a una supuesta referencia literaria de Julio Cortázar sobre la existencia de dicha mujer:

Ivonne y Sacha Guitry

“Mi familia pertenecía a la clase intelectual húngara. Mi madre era directora de un seminario femenino donde se educaba la elite de una ciudad famosa, cuyo nombre no quiero decirle. Cuando llegó la época turbia de la posguerra, con el desquiciamiento de tronos, clases sociales y fortunas, yo no sabía qué rumbo tomar en la vida. Mi familia se quedó sin fortuna, víctima de las fronteras del Trianón, como otros miles y miles. Mi belleza, mi juventud y mi educación no me permitían convertirme en una humilde dactilógrafa”.[i] Con dieciséis años, conoció a un príncipe asiático que le propuso casamiento. La pareja partió rumbo a París, donde planeaban iniciar la luna de miel, que incluía a Niza.
La realidad, sin embargo, le daría un fuerte golpe a la muchacha, al descubrir que había contraído una enfermedad venérea incurable, probablemente sífilis. Sin tener en quién confiar, pues la relación con sus padres se había deteriorado a partir de su casamiento, Ivonne comenzará un derrotero de excesos. “En un carnaval de champán y de falsa alegría, con el alma rota”, dirá Ivonne, recorrió Oriente con su esposo: Java, Japón, Egipto, y en 1927 se instalan en la Cote d’Azur. Luego vendrá la separación y la división de bienes, que le dejará una considerable fortuna.
Ivonne se trasladó al centro de París y buscó suavizar su desgracia entregándose “de lleno a los placeres. En los cabarets llamaba la atención porque siempre iba sola, a derrochar champaña con los bailarines y propinas fabulosas a los sirvientes. No tenía noción del valor del dinero”. La enfermedad hacía su aparición en forma periódica e Ivonne, para mitigar el malestar, aceptó la sugerencia de un oscuro personaje del ambiente, quien le “recomienda el remedio para el olvido... Cocaína, morfina, drogas”. Sumergida en la noche parisina, recorrerá los distintos cabarets, en búsqueda del exotismo y placeres cada vez más extremos. 
“En aquella época cosechaba éxitos y aplausos un recién llegado, cantante de cabaret –continúa Ivonne-. Debutaba en el Florida y cantaba canciones extrañas en un idioma extraño. Cantaba en un traje exótico, desconocido en aquellos sitios hasta entonces, tangos, rancheras y zambas argentinas. Era un muchacho más bien delgado, un tanto moreno, de dientes blancos, a quien las bellas de París colmaban de atenciones. Era Carlos Gardel. Sus tangos llorones, que cantaba con toda el alma, capturaban al público sin saberse por qué. Sus canciones de entonces –‘Caminito’, ‘La Chacarera’, ‘Aquel tapado de armiño’, ‘Queja Indiana’, ‘Entre sueños’– no eran tangos modernos sino canciones de la vieja argentina, el alma pura del gaucho de las pampas. Gardel estaba de moda. No había comida o recepción galante a que no se lo invitase. Su cara morena, sus dientes blancos, su sonrisa fresca y luminosa, brillaba en todas partes. Cabarets, teatros, music-hall, hipódromos. Era un huésped de Auteuil y de Long-Champs”.[ii]
El recorrido nocturno de Guitry era frívolo por partida doble. Por un lado, estaba su búsqueda de “placeres” y el olvido, y por otro, el sondeo en los distintos locales de nuevas formas estéticas para aplicar a la indumentaria femenina, ya que por entonces dirigía la famosa tienda parisina Paquin, que la catapultaría años más tarde como “La Reina de la Moda”.
No está claro cuándo y dónde se conocieron. Ivonne recordaba que se habían encontrado por primera vez “en uno de estos hipódromos, en un día de gran prix, cuando yo presentaba los modelos de primavera”.[iii] Aunque en otra oportunidad dijo que el encuentro había sido en el cabaret Palermo, donde la clientela tenía un fuerte sustento latino, además de una abundante participación femenina, en su mayoría extranjeras atraídas por el mismo exotismo que fascinaba a Guitry.

Los recuerdos del guitarrista José María Aguilar vinieron a agregar datos, y quizás confusión. Aguilar recordaba que una noche, después de una actuación, Gardel era invitado a la mesa de una rubia muy bonita, de la que todos hablaban pero de la que nadie sabía nada. Sin poder resistirse, interpeló al cantor a su regreso:

–¡Pero, qué hermosa es! ¿De quién se trata, si no es mucha curiosidad?
–Nada menos que de una marquesa, “Indio” –le contestó Gardel–. Dice que  le gusta como canto, y ya me ha invitado a su casa. ¿Qué te parece, agarro viaje?
–Sí, pero con boleto de ida y vuelta, Carlitos. A ver si en una de esas te veo convertido en un señor marqués y nosotros, de guitarristas del gran Carlos Gardel, descendemos a la categoría de ‘valets’ de un noble...
–Vos sabés que yo no me caso con nadie –le retrucó el cantor–. Me gusta como a cualquier mortal internarme en el terreno de una aventura, pero sé muy bien cuándo debo ponerle punto final a esta clase de entrevistas, que, por otra parte, ayudan a matizar nuestra existencia bastante inquieta, y por ello mismo, expuesta a toda clase de sorpresas y peligros.[iv]
La relación en principio, no pasa de ser un escarceo amoroso. “Cierto que alababa mi vanidad femenina el ser vista en París con el hombre del día, con el ídolo de las mujeres –admitía Guitry–, pero nada decía a mi corazón”. Sin embargo, el paso del tiempo irá despertando en ella un interés mayor, y poco a poco se fue enamorando del cantor. “Aquella amistad se reafirmó en otras noches, otros paseos, otras confidencias, bajo la pálida luna parisién a través de los campos floridos. Pasaron muchos días de un interés romántico. Ese hombre se me iba entrando en el alma. Sus palabras eran de seda, sus frases iban cavando la roca de mi indiferencia. Me volví loca. Mi pisito lujoso pero triste, estaba ahora lleno de luz. No volví a los cabarets. En mi bella sala gris, al fulgor de las farolas eléctricas, una cabecita rubia se acoplaba a un firme rostro de morenos matices. Mi alcoba azul, que conoció todas las nostalgias de un alma sin rumbo, era ahora un verdadero nido de amor. Era mi primer amor”.[v]
A Gardel empezó a resultarle cada vez más penosa la relación y, con cortesía, intentará enfriar las cosas. Ivonne, desesperada, acosará al cantor en todas partes, buscándolo en los lugares que solía frecuentar, preguntando por su paradero a los amigos. Gardel, en más de una ocasión, debió esconderse entre los automóviles a la salida de los teatros para no ser visto por la “marquesita”, quien, mientras lo llamaba al grito de “¡Charlot! ¡Charlot!”, recorría el recinto de arriba abajo.[vi] Finalmente una noche, después de una buena actuación, Gardel accedió a conversar con Ivonne, que intentará persuadirlo de las inconveniencias de la vida que llevaba:
“–¿Tú llamas a eso libertad? ¡Estás en un error, mi querido Charlot! Yo te hablo como una mujer que conoce la vida y tiene la suficiente experiencia para aconsejarte lo más conveniente. A mi lado serás un hombre feliz, sin preocupaciones de ninguna especie. Si te agrada viajar, puedes hacerlo, pero sin estar atado a compromisos de trabajo. Y algo más: tendrás todo mi amor y sabré hacerte el más dichoso de los hombres...
”Gardel, sin perder su habitual aplomo, replicó:
”–Nada, nada, mi simpática Ivonne. Hablás como un libro abierto, pero yo me tomo el atrevimiento de cerrarlo porque..., vamos a ser sinceros... ¿De qué vale que me tengas a tu lado si la simpatía que te tengo no alcanza a nivelar la pasión que dices sentir por mí? A cariño igual, sería otra cosa. Además, debes comprender que no es digno de un hombre aceptar el amor de una mujer que, además, dé cheques. ¿Te das cuenta, mi buena Ivonne, por qué me obstino en limitar nuestras entrevistas y paseos? Seamos nada más ni nada menos que dos buenos amigos, y no nos atemos a un compromiso que terminaría malamente.
Ivonne contempló su vaso con pesar. Alzó la mirada, intentando esbozar una sonrisa.
”–Es el destino..., si algún día cambias de parecer y te decides a volver, no olvides que tu Ivonne seguirá esperando.[vii]

Algunas referencias periodísticas ayudarían aún más a cimentar el relato. La temporada en París, como el romance con la “marquesita”, también culminaba, y Gardel partió rumbo a España para realizar algunas actuaciones. A continuación, volvería a Buenos Aires. “En realidad no tiene nada de particular –resumió Gardel al llegar al puerto–. Es un pequeño romance, como cualquier otro. Pero me ha interesado más en primer lugar porque es una marquesita de la auténtica aristocracia francesa, joven y bonita, y también por el entusiasmo con que lo tomó y el empeño con que se ha mantenido. Imagínense que cuando me conoció dijo que quería aprender español para poder comunicarse mejor conmigo. Se compró libros, diccionarios, tomó profesores y hoy me escribe en un español perfecto, con las más bellas palabras del idioma, unas cartas que son un modelo. Me parece que de todo mi paso por París es lo que más vale la pena recordar”.[viii]
Cuál no sería su sorpresa al año siguiente, cuando, al regresar a Madrid, descubrió que  Ivonne Guitry una vez más le esperaba.
“Estamos en el bar del Principal Palace –empezaba el relato de un cronista–. En la mesa próxima de la nuestra hay una damita que, invadida como nosotros de spleen, mastica nerviosa la boquilla dorada de su Muratti. [...]
”–¡Perdón! –Ya está roto el hielo. Y la interviú comienza bajo los mejores auspicios.
”–¿Viene usted a ver a Carlitos Gardel?
”–¿Gardel?... ¡Oh, mon Charles!... ¡Mon petit Charlot!...
”–¿Lo conoce?
”–Sí –chapurrea delicadamente la francesita, que ha aprendido el castellano ‘por amor’–, lo vi una noche en el cabaret Florida de París y desde entonces soy ‘su sombra’.
”–Pero, ¿él sabe?
”–¡Oh, no! ¿Para qué? Si lo supiera yo sería una más y yo, monsieur, estoy por encima de todas.
”–¿Qué objeto la mueve a esta persecución?
”–Soy una admiradora de su arte, no me canso de oírlo. Cuando por la noche me retiro a mi cuarto del hotel, doy por muy bien pagados mis esfuerzos si lo he oído cantar tres o cuatro canciones.
”–¡Extraño caso! [...]
”–Escúcheme, yo tengo una enfermedad incurable. Es un horroroso recuerdo de aquel vil asiático. Llegué a París para recluirme en un sanatorio que fuese como un sepulcro de flores... Una noche oí a Gardel... Su voz despertó en mi alma extraña sensación y lo sigo, lo quiero seguir como una sombra hasta que mi vida se marchite... ¡Es un secreto, señor!
”Callamos los dos. De súbito la puerta se abre y aparece en el umbral la arrogante figura de Carlos Gardel.
”Su rostro moreno, ancho y simpático, expresa la alegría de su triunfo perenne. Aquí como en París, como en la Costa Azul, como en Buenos Aires, el público lo aclama.
”Ya ha pasado.
”La sombra de mujer se levanta y lo sigue.
”Y nosotros clavamos los ojos en la cortina de terciopelo rojo tras la cual ha desaparecido la hembra aún, linda, que quiere agostarse escuchando los trinos del maravilloso jilguero, cuya voz quizá hasta haga el milagro de contener a la Muerte”.[ix]

Hay otra referencia más, supuestamente escrita en primera persona por Ivonne, que aduce se iban a encontrar en Colombia pocos días antes de la muerte del cantor.
El idilio en Buenos Aires fue breve. Despechada, Ivonne se volcó de lleno al negocio de la moda, emprendiendo largos viajes por Europa y América. Ya no volverán a verse, pero en 1935, cuando Gardel visite Bogotá cumpliendo parte de su gira por Latinoamérica, la casualidad los hará coincidir en la misma ciudad. “Dos días antes de su trágica partida a Cali, el sábado 22 de junio, yo estuve a punto de presentarme en el camarín del teatro Real donde actuaba –explicó Ivonne–. No lo hice. Ahora debo manifestar que si yo ese sábado me decido a visitar a Carlos, puede ser que se lo hubiera escamoteado a la muerte. ¿Por qué? Pues porque yo también, casualmente, partía para Cali el 24, y tenía en mi bolso dos pasajes para el avión de la compañía alemana Scadta. Debíamos viajar mi secretaria y yo; pero a último momento, por conveniencias comerciales, mi secretaria tuvo que quedarse en Bogotá. Si mi cariñosa camaradería con Gardel se hubiera renovado... tengo derecho a creer que, aprovechando la oportunidad del pasaje en blanco que yo tenía, él no hubiera ocupado su sitio en el siniestro avión de la Saco y hubiera viajado en el de la Scadta llegando conmigo a Cali sin el menor tropiezo...”[x]
Al enterarse de la muerte de Gardel, Ivonne intentó suicidarse ingiriendo pastillas, y gracias a la intervención de los médicos se evitó el trágico desenlace.
Guitry continuó tras los pasos del cantor exactamente como una sombra. Años después ella asegurará que viajó con él a Buenos Aires y que el tango “Madame Ivonne”, de Eduardo Pereyra y Enrique Cadícamo, fue compuesto en su honor, por sugerencia del propio Gardel: “Era la papusa del barrio latino/ que supo a los puntos de verso inspirar,/ pero fue que un día llegó un argentino/ y a la francesita la hizo suspirar./ Madama Ivonne, la Cruz del Sur fue como un signo;/ Madama Ivonne, fue como el sino de tu suerte./ Alondra gris, tu dolor me conmueve,/ tu pena es de nieve, Madama Ivonne”.

El nombre terminó familiarizándose como Ivonne Guitry.
Pero, ¿quién era Ivonne Guitry? ¿existió realmente?

Su verdadero nombre era Yvonne Printemps, y había nacido en Ermont, Francia, el 25 de julio de 1895.

Hija de actores, comenzó a actuar en los escenarios a edad muy temprana. A los trece años ya había bailado en revistas en el Folies Bergère de París. Printemps –apodada primavera por uno de sus compañeros debido a su disposición asoleada, comenzó a trabajar en la operetta, apareciendo en trabajos tales como “Les Contes de Perrault” (1913) y “Le Poilu” (1916).

Foto artística de Ivonne Printemps

En 1919 se casó con el actor y dramaturgo Sacha Guitry. De allí el equívoco en relación a su nombre, pero es bueno aclarar que Ivonne nunca adoptaría el apellido de su esposo. Juntos realizarían un gran número de obras, logrando un gran éxito en 1925 con “Mozart”, obra que llevarían a Norteamérica y Canadá.

Por entonces se enamoraría del actor de cine francés Pierre Fresnay. Poco tiempo después, se divorciaría de Guitry para unirse con Fresnay. Si bien no se casarían, seguirían juntos toda la vida.

Su trabajo también se vio plasmado en el cine, donde llegaría a actuar en una decena de películas. Los años de senectud le encontraría abocada a la co-dirección del Théâtre de la Michodière en París, cargo que ocuparía hasta su muerte, ocurrida en 1977.



En 1994, al cumplirse cien años de su nacimiento, el gobierno de Francia pondría su imagen en un sello postal.

Fuentes:
Barsky J. y O. Barsky, Gardel la biografía (2004), Editorial Taurus, Buenos Aires.
http:// www.gardelbiografia.com.ar . Julián Barsky (coord.).


[i] Sarmiento, M., “La tragedia de Colombia”, Homenaje Universal al Cantor de los Cinco Continentes, s/f.
[ii] Sarmiento, M., op. cit.
[iii] “Un amor que pudo salvar la vida de Gardel”, revista Cantando, 30 de julio de 1957.
[iv] Aguilar, J. M., “Yo acompañé a Carlos Gardel”, revista Aquí Está, Nº 1017, 19 de septiembre de 1950.
[v] Sarmiento, M., op. cit.
[vi] José Le Pera tenía, en cambio, una visión más cínica respecto de la actitud de Ivonne: “Ella pretende mostrarse, exhibirse con Gardel en los cenáculos mundanos y artísticos del París de entonces; de la Coupole a la Rotonde, al Lido; al departamento de los Torterolos o al campo de la Morlace. Sabe que lo visitan el Barón de Rotschild, el Aga Khan... Necesita llegar a esos grupos sociales de difícil vinculación. Lo persigue a Dauville, sigue a Niza; enfrentándolo en el Negresco y en los reservados del Gran Casino du Mediterranée para conocer a la Baronesa de Wakefield, con Chaplin, Lucienne Boyer, Henry Garat [...] No es una mujer enfermiza, es sin duda una auténtica trepadora que parecería haber salido de las páginas de la novela homónima de Rómulo Gallegos” (Le Pera, J. [1991], pp. 144-145).
[vii] “Cartas de amor de Carlos Gardel”, s/d.
[viii] Diario La Nación, 30 de junio de 1929, en Peluso, H. y Visconti, E. (1990), p. 106.
[ix] “Interviú con la sombra de Carlos Gardel”, diario El Plata, Montevideo, 2 de junio de 1929.
[x] “Un amor que pudo salvar la vida de Gardel”, revista Cantando, 30 de julio de 1957.

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