Cuando el 24 de junio de 1935 se estrella en Medellín el avión en que viajaba Carlos Gardel, la noticia conmueve al mundo. A la difusión masiva de sus discos, se había sumado desde 1931 la gran repercusión popular de sus películas. Todo ello eclosionó en la gira que había emprendido por Latinoamérica, y que acabaría inesperadamente en Colombia, provocando convocatorias populares nunca antes registradas, y que sólo volverían a registrarse con la aparición de los Beatles.
¿Cuáles fueron las circunstancias que hicieron posible semejante fenómeno? ¿Cómo construyó este artista el tango cantado, música de fusión de definida presencia internacional? ¿Cómo el pequeño inmigrante francés logró sintetizar en la cosmopolita Buenos Aires de comienzos del siglo XX la extraordinaria oferta musical sustentada en las migraciones internacionales y nacionales que se desparramaron por las salas de espectáculos de la ciudad? ¿Cómo se lanzó a la conquista de los principales centros internacionales, y logró imponerse como uno de los grandes referentes del canto popular?

martes, 30 de junio de 2015

GARDEL, UN VIAJERO
Por Julián Barsky

Conferencia presentada en el Museo Casa Carlos Gardel, el 24 de junio de 2015, con motivo de cumplirse el 80 Aniversario del fallecimiento del artista.


"GOLONDRINAS" (Gardel-Lepera, 1935) Duración: 2´35

Carlos Gardel fue un eterno viajero. Simbólicamente, podríamos decir que nació viajando, ya que comenzó a conformarse como argentino –como porteño, su “Patria chica” como él la llamaba- al poco tiempo de cumplir dos años de  edad, cuando llegó a estas tierras hacia marzo de 1893, proveniente de Toulouse Francia, junto con su madre Berta. Ése fue su primer viaje.
Viajera fue su madre también. Es una historia menos conocida. Unos años antes, cuando Berta aún era una adolescente y Carlos no era ni siquiera un pensamiento, su familia partió rumbo a Venezuela, país en el que estuvieron radicados durante seis años. Volvieron a Francia en julio de 1882.
Los viajes marcaron la niñez de Carlos. Su asiduo contacto con actores y cantantes de ópera –a quienes conoció merced al trabajo de planchado de su madre, y luego en diversos trabajos que le vincularon a las bambalinas- le dieron visión de mundo: un infinito viaje con la imaginación. Así lo recordaba uno de los miembros de la familia Franchini, hogar donde Carlos supo pasar parte de su infancia: “Muchas veces, de noche, cuando se acostaba, lo veíamos en la cama con un pequeño palo, a manera de guitarra, y cantaba las canciones de la época, mientras decía: "Yo voy a ser un gran cantor".
Comenzó a dedicarse al canto, apoyándose en pequeñas sociedades: el tanito Oriente en el barrio del Abasto, Francisco Martino en Avellaneda, más tarde Saúl Salinas y José Razzano, a quien conoció en un par de épicos encuentros. Comenzaron los primeros viajes profesionales. La húmeda y ancha pampa argentina fue testigo de sus primeras incursiones. Y también de sus primeros sinsabores, pues las giras tuvieron de todo, menos aquel éxito que los jóvenes músicos fueron a buscar.
Dos hechos trascendentales ocurrieron en ese viaje: por una cuestión de consonancia, Carlos modificó su apellido de origen –que era Gardes- por el de Gardel, su definitivo nombre artístico.
El otro hecho fue la conformación de un dúo que haría historia en el canto popular: de los muchachos que habían sido parte de aquellas primeras giras, sólo quedaron José Razzano y Carlos Gardel. Despacio, con pies de plomo, el dúo Gardel-Razzano (así pasó a ser conocido) comenzó a consolidarse, a crecer. Los primeros éxitos en Buenos Aires les dieron un respaldo decisivo, y continuaron los viajes: en pocos años el interior se rindió a sus encantos, de Rosario a Córdoba, de Bahía Blanca a Paysandú, de Mar del Plata a Pehuajó.

“LA HUELLA” (Gardel-Razzano, 1917) Duración: 2:37

Viajes al extranjero. Uruguay, por supuesto; se convirtió en un lugar de actuaciones constantes. Brasil y Chile en una gira, España en otra, países que el dúo visitó con sendas compañías teatrales. Con resultados entusiastas pero desparejos.
Llegó el tango y la historia cambió. “Mi noche triste” –aquel célebre tango que compusieran Pascual Contursi y Samuel Castriota a mediados de la década del ´10- sería el primer viaje de Gardel hacia su nuevo destino.
Y el tiempo consolidó las diferencias. En las vísperas de un nuevo viaje a España José Razzano, maltrecho, abandonó el canto, y pasó a ocupar un rol de representante de su compañero y amigo. Carlos Gardel se convirtió así en cantor de tangos… o mejor dicho, en “EL” CANTOR DE TANGOS.

“MANO A MANO” (Celedonio Flores, Gardel-Razzano, 1923)
Duración: 3¨00

Viajes y más viajes: en España, se rindieron al talento de Gardel catalanes, vascos y madridistas por igual. Ni el frío de enero pudo detenerle. En Francia ocurrió lo mismo: París era una fiesta, y Carlos Gardel uno de sus principales animadores. Hasta Charles Chaplin le aplaudió de pie.
En aquellas idas y vueltas –barcos y más barcos- Carlos iba organizando su futuro, siempre mirando más allá. Si las fotografías era la manera de promocionar la imagen, Gardel posaba incansable; si aparecían nuevos poetas, era Gardel quien estrenaba sus canciones; si lo nuevo era la radio, allí estaba Gardel frente a los micrófonos; si el sistema de grabación se modificaba, Carlos era uno de los primeros en probar sus potencialidades.
De esa manera también llegó al cine sonoro. Ya en 1929 aseguraba a quién quisiera escucharle que tenía contrato para filmar en Hollywood. Nada de aquello era cierto, pero expresaba en forma contundente no sólo los deseos del artista, sino también cómo se iba preparando su nuevo viaje, quizá el más espectacular de todos: el del cine. Si bien Gardel ya había incursionado en un film silente de 1917 (Flor de durazno) y en una serie de cortos rodados en Buenos Aires bajo la batuta de Eduardo Morera, esto era otra cosa: Carlos apuntaba alto, a la Meca.
Y ese viaje llegó hacia 1932, cinco años más tarde. Paramount tenía estudios en Joinville, cerca de París. Allí fue Gardel. Y allí, junto con otros compatriotas y colegas sudamericanos, tuvo su recompensa con Las luces de Buenos Aires, un film pasatista y seudo-costumbrista, donde un Carlos vestido de gaucho llamó la atención del mundo gracias a su recia interpretación de Tomo y obligo.

TOMO Y OBLIGO (Manuel Romero, Gardel, 1931)
Duración: 4´

Por entonces conoció a otro viajero. Nacido en San Pablo, Brasil, pero porteño de punta a punta, Alfredo Lepera andaba por París como traductor de cine. Admirador de Hitchcock y probado guionista del teatro de revistas, se transformó en el socio que Gardel necesitaba para ese nuevo viaje. De la mano de ambos, nacerían tres películas, escritas por uno e interpretadas por el otro: Espérame, Melodía de Arrabal, La Casa es seria.
Las críticas periodísticas no fueron complacientes con estos filmes. Tampoco las de otros realizadores, con algo de razón y mucho de resentimiento. Pero el éxito popular fue determinante. Gardel y Lepera prepararon un nuevo viaje, ésta vez a Estados Unidos.
En New York, Carlos trabajó para la radio NBC, al tiempo que negociaba sus nuevos filmes. Cuesta abajo, El tango en Broadway, El día que me quieras y Tango bar serán el exitosísimo resultado de estos acuerdos. Paramount decidió aprovechar el éxito de su nuevo talento, y le incluyó en The big Broadcast of 1936, más conocida como Cazadores de Estrellas, una película de promoción de sus nuevos actores en la que el cantor compartiría cartel con Bing Crosby, George Burns y un jovencísimo Glenn Miller. Al mismo tiempo, organizó una gira promocional por América Latina; con Carlos Gardel como eje.

AUDIO: CARLOS GARDEL Y ALFREDO LEPERA HABLAN PARA PROMOCIONAR LOS DISCOS VICTOR
Duración: 1¨32

En Medellín, Colombia, Gardel y su comitiva debía tomar un avión rumbo a Cali. Un insólito accidente en tierra trastocó los planes. A las quince horas, el mundo pareció detenerse por un instante, como tomando aire antes de sumergirse en un nuevo e incomprensible dolor.

Aún faltaba un viaje. Las películas de Gardel no superaban la medianía, pero las canciones compuestas e interpretadas en las mismas pasarían a la historia, transformándose en un sello indisoluble del talento de su creador. Las salas de los cines de Argentina, España, Chile, Uruguay y Estados Unidos se llenaban de gente que exigía la detención de los filmes y se volvieran a pasar las escenas en las que Gardel cantaba. Años más tarde, Vittorio Gasman aseguraba que “Sus ojos se cerraron” (incluida en la película El día que me quieras) era una de las escenas más gloriosas del cine mundial. Artistas tan disímiles como Plácido Domingo, Armando Manzanero y Caetano Veloso interpretaron hasta cansarse “El día que me quieras”; “Por una cabeza” se transformó en una de las canciones más abordadas del siglo XX, y hasta Al Pacino, Philipe Noiret y Arnold Schwarzenegger giraron al compás de un tango de Gardel.

Para Gardel, los viajes marcaron su vida, fueron el nexo entre etapas, el espacio para gratos encuentros; hasta una fuente de inspiración musical. Carlos le cantó al viaje y al movimiento que aquel implicaba en muchísimas ocasiones: El carretero, Apure delantero buey, Anclao en París, Adiós muchachos, Sus ojos se cerraron (“y el mundo sigue andando”), Lejana tierra mía, Golondrinas, Volver.  
Pero los viajes y la evolución de Gardel son también una metáfora de los viajes y la evolución del Tango, pasando del arrabal al centro, de Buenos Aires a París, del disco a la radio y de la radio al cine; transformándose en un nombre propio, y al mismo tiempo en un adjetivo. Es que el Tango es movimiento. Es que cuando un artista genuino abre la puerta, no pasa solamente él ni la cierra detrás suyo.
Gardel es también una metáfora de los viajes, sueños y proyectos de nuestro país. De los millones de inmigrantes que vinieron a poblar esta tierra, de nuestros queridos abuelos y abuelas para quiénes el Tango se transformó en su religión y Carlos Gardel, en su Dios. De los sueños que fueron y de los que pudieron ser. De los que quedaron en el camino por falta de tiempo o disposición. O destino, vaya uno a saber. Como los del propio Gardel, que murió viajando, soñando, rodeado de músicos y amigos, llevando un profesor de idioma, ambicionando más, abriendo nuevas fronteras. Produciendo y trabajando por y para el canto, como hiciera toda su vida.

A ochenta años de su último viaje, recordamos una de las facetas menos exploradas de su vida y, sin embargo, de las más constitutivas de la misma. Si el Tango es sinónimo de movimiento, Gardel lo es del viaje. Es por ello que, como el Cid Campeador, siempre está volviendo.

Y nosotros hoy aquí, en su casa, alborozados, cual parientes y amigos que van al puerto a recibir a un querido viajero, adivinamos el parpadeo de las luces que a lo lejos, van marcando su retorno...
Muchas gracias. 


"VOLVER" (GARDEL, LEPERA, 1935)
Duración: 2¨55



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